Argentina es un país curioso e
interesante. Con tan sólo doscientos años de existencia pareciera que ya ha
pasado el verano de su vida. En un café-concert de tango en el centro de Buenos
Aires había un cartel con letras enormes que decía: «¡Esto sí que es
nostalgia!». La música del tango es nostálgica, y si ya en los años veinte les
gustaba a los argentinos estar nostálgicos, a partir de la segunda mitad del
siglo XX tienen motivos de veras para estarlo. En efecto, en Buenos Aires y en
casi todas las ciudades importantes se nota y se siente que el pasado fue mejor
y que en el último medio siglo el país ha ido de más a menos. «Por Buenos Aires
pasó mucho dinero», dijo un funcionario del ayuntamiento de Madrid cuando
visitó la ciudad en los años ochenta.
Entre 1860 y 1930 la República Argentina fue una de los países más prósperos
del mundo adónde mucha gente emigraba en busca de una vida mejor. A partir de
1930 entró en un período de inestabilidad política, lo que no impidió que
durante los siguientes veinte años, hasta finales de la década de 1940, el país
siguiera prosperando exportando sus productos agropecuarios. En 1945 el
economista Paul Samuelson dijo que el país del mundo que tenía el futuro económico
más prometedor era Argentina.
Samuelson tenía mucho motivos para hacer semejante afirmación. Argentina no
sólo era muy rico sino que además contaba con una población bien instruida y
una tasa de analfabetismo muy baja. No tenía problemas sociales, ni raciales y
no tenía enemigos políticos en el mundo. Y sin embargo, tan sólo unos años
después, el país entró en un proceso de estancamiento del que nunca se ha
recuperado.
Tanto argentinos como extranjeros han intentado encontrar las causas de este
estancamiento, y al no encontrar argumentos que puedan dar una explicación
convincente basada en la razón, se han buscado teorías de índole místico,
psicológico o conspirativo. Hasta la Enciclopedia Británica, en su artículo
sobre la historia argentina, menciona como posibilidad una curiosa explicación,
según la cual, el declive del país puede deberse a que durante la Segunda
Guerra Mundial el gobierno argentino se negó a seguir las indicaciones (u
órdenes) del gobierno de EE.UU. en materia de política exterior, y a partir de
entonces tuvo a Estados Unidos como enemigo, lo que dificultó el progreso de
Argentina durante la segunda mitad del siglo XX. Esta teoría es un tanto
inverosímil y absurda, pero el hecho de que la Enciclopedia Británica la
mencione da una idea de lo arraigado que ha estado, tanto entre argentinos como
extranjeros, la necesidad de encontrar una explicación. Por supuesto, también
abundan las teorías en las que los argentinos se culpan a sí mismos. «Argentina
irá bien cuando nos dejemos de pavadas y nos pongamos a trabajar», dicen.
No obstante, una de las teorías más difundidas es que la causa del
estancamiento está en la gestión del presidente argentino Juan Domingo Perón
(1946-55). Los defensores de esta tesis se basan, principalmente, en que Perón
aplicó una política económica intervensionista, creando un estado monstruoso
que gastaba más de lo que ganaba. Como consecuencia de ello el país dejó de ser
competitivo y tuvo que mantener, durante los años siguientes, un enorme un
aparato estatal improductivo e incompetente. Además, se le echa en cara al
gobierno de Perón haber desaprovechado una gran ocasión para invertir en
grandes infraestructuras y desarrollar la industria de base, lo que habría
dotado al país de solidez económica. Para muchos Perón se gastó el dinero,
principalmente, para ganar votos y comprar a la mitad de los argentinos.
Esta teoría tiene cierto fundamento. Que Perón creó un estado enorme es un
hecho innegable. Tanto el número de funcionarios como los organismos del estado
crecieron de forma notable. Además, muchas de las empresas que fueron
nacionalizadas dejaron de ser rentables. Que pudo haber invertido en grandes
infraestructuras y no lo hizo es verdad, al menos hasta cierto punto, y que el
país no desarrolló una industria de base durante los años de opulencia
(1946-49) también es verdad, aunque, igual que en el punto anterior, sólo hasta
cierto punto. No obstante, la realidad es que en 1946 el país era muy rico y en
1955, cuando Perón fue derrocado, ya no lo era.
Pero sin embargo, la teoría tiene muchos puntos débiles. El principal de ellos
es que, si la causa de los males está en Perón y en el peronismo, ¿cómo es que
el país no retomó el buen camino a partir de 1955? ¿Acaso no podrían haberse
privatizado las empresas y desmantelado el enorme aparato burocrático como de
hecho hizo el gobierno de Ménem en los años noventa? La realidad es que los
gobiernos que siguieron a Perón hicieron lo posible y lo imposible por mantener
la estructura que Perón había creado. En los años setenta, cuando la situación
se volvió crítica, el país acudió al crédito externo, y a principios de los
años ochenta, cuando estalló la crisis de la deuda externa, el país acudió al
crédito interno. La situación pudo mantenerse, a duras penas, hasta 1989, cuando
reventó definitivamente. Estalló la hiperinflación y durante unas semanas, el
país quedó paralizado, pudiéndose comerciar exclusivamente con dólares
estadounidenses. Fue entonces, al no haber otro remedio posible, cuando se
privatizaron las empresas y se desmanteló el aparato burocrático. Y
paradójicamente fue un gobierno peronista el que lo hizo.
El país había tenido mucho tiempo para recuperarse de los supuestos males
causados por Perón. De 1955 a 1973 el peronismo estuvo prohibido, y aunque
hubieron elecciones generales, el peronismo no se podía presentar a ellas. Ello
demuestra, sin duda alguna, que quienes ostentaron el poder eran contrarios a
Perón y creían que la causa de los males del país estaba en Perón. Y sin
embargo, durante todos aquellos años, la estructura creada por Perón quedó
prácticamente intacta. En realidad, lo que mueve a la gente a decir «la culpa
la tiene Perón» es mucho más la necesidad de encontrar una explicación y un
culpable que el hecho de que Perón haya imposibilitado realmente al país de
realizar proyectos para el futuro.
No obstante, en dos puntos está todo el mundo de acuerdo, tanto peronistas como
antiperonistas como indiferentes políticos. El primero de ellos es que en la
segunda mitad del siglo XX la exportación de productos agropecuarios dejó de
ser un buen negocio. Por motivos complejos, los precios de los productos del
campo bajaron y no así los costes, de modo que lógicamente la ganancia es
menor. Argentina no fue el único país seriamente afectado; también Australia se
encontró con este problema y tuvo que “cambiar de rubro”: en los años sesenta
desarrolló la minería en gran escala. El segundo punto es la inestabilidad
política que ha sufrido el país. Todos están de acuerdo en que la inestabilidad
ha impedido al país tener un rumbo definido. De 1955 a 1973 como hemos visto,
la única línea continua que mantuvieron los gobiernos argentinos fue la de
evitar el peronismo, pero no se realizó ningún proyecto a largo plazo. Algunas
de las gestiones se consideran muy buenas o aceptables, como la del presidente
Frondizi (1958-62), pero fueron interrumpidas.
Pero estos dos puntos –bajada de precios e inestabilidad política-, aunque
están aceptados por todos, no pueden aceptarse como únicas causas del
estancamiento. ¿Por qué al bajar los precios de los productos agropecuarios
Argentina no cambió de rubro como hizo Australia, que empezó a explotar sus
riquezas minerales? ¿Y cómo es posible que la inestabilidad política haya
afectado tanto a la economía del país? ¿Es que la inestabilidad política
conlleva necesariamente el estancamiento económico? ¿Acaso Italia no ha vivido
innumerables crisis de gobierno sin que ello afectara a su economía?
En definitiva, no se han
encontrado explicaciones convincentes. Tal vez podría ayudarnos a encontrarlas
analizar los orígenes y las causas de su anterior progreso.
Durante su época de prosperidad Argentina estaba en una situación curiosa y
única. Era un país políticamente independiente que formaba parte, y en gran
escala, del entramado económico de Gran Bretaña. Estas circunstancias cambiaron
con la crisis de 1929 y luego, ya definitivamente, después de la Segunda Guerra
Mundial, cuando Gran Bretaña dejó de tener un papel de primer orden en el
comercio mundial.
El interés de Gran Bretaña por Argentina venía de hacía mucho tiempo.
Sorprendentemente, ya en 1711, cuando Buenos Aires era una gobernación que
dependía del Virreinato del Perú y que a muy pocos interesaba, el gobernador de
las Bermudas, John Pullen, afirmó que el Río de la Plata era el mejor lugar del
mundo para formar una colonia inglesa. Durante todo el siglo XVIII se trazaron
varios planes para conquistar la colonia pero no fue hasta 1806, después de la
Batalla de Trafalgar, cuando se realizó el primer intento de invasión. Al año
siguiente se realizó un segundo intento. Ambos fracasaron. No está muy claro
cuál era el plan de los ingleses. Intentar conquistar el Virreinato del Río de
la Plata con 10.000 hombres parece una idea disparatada. Probablemente
confiaban en que, una vez derribada la autoridad española, la mayoría de los
criollos, por una cuestión de conveniencia económica, se pusieran de su lado y
aceptaran convertirse en súbditos ingleses. Y es que los británicos prometían
implantar el libre comercio, y Buenos Aires y gran parte del Río de la Plata
vivían, sobre todo, del contrabando.
Tras el fracaso militar el Foreign Office llegó a la conclusión de que el
camino correcto a seguir era el de intentar colonizar económicamente la región
y no políticamente. Los ingleses no volvieron a intentar dominar políticamente
la región, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que no intervinieran.
Durante todo el proceso de independencia de Hispanoamérica, a través de sus
embajadores, cónsules y comerciantes, estuvieron presentes y vigilantes de todo
lo que acontecía. Gran Bretaña intervino decisivamente en todo este proceso y
en la formación de las nuevas naciones. Y su objetivo no fue precisamente la
filantropía o el amor a los criollos, sino más bien ejercer dominio sobre
ellos. Por poner un ejemplo, en la correspondencia entre los embajadores
británicos radicados en Hispanoamérica y el Foreign Office puede apreciarse,
claramente y sin ocultismo, el interés que tuvo Gran Bretaña en crear un
pequeño estado independiente entre Argentina y Brasil que ellos denominaron
“estado tapón”. El país fue y es Uruguay. Y el objetivo de ello fue evitar que los
dos grandes, Argentina y Brasil, chocaran entre sí y eventualmente, ya sea por
las armas, por acuerdo o por ambos métodos, formaran un solo país, el cual,
sería demasiado poderoso y podría, además, unir al resto de Hispanoamérica para
conformar una sola unidad política. En suma, Gran Bretaña siguió la máxima del
tirano que dice «divide y dominarás».
Pero la vida es compleja, la Historia el compleja y los ingleses también son
complejos. Porque gracias a ellos, a su iniciativa y tenacidad, lo que era un desierto
de hierba se convirtió en un lugar productivo y próspero donde mucha gente
encontró una vida mejor. He conocido muchos argentinos cuyos padres o abuelos
trabajaron en empresas británicas y con el sueldo que ganaban pudieron vivir
tranquilos manteniendo una familia.
Desde el fallido intento de invasión, en 1807, hasta que realmente empezaron
las inversiones en gran escala, en la década de 1860, los ingleses intentaron
abrirse camino con una tenacidad asombrosa y se encontraron, una y otra vez,
con un país inestable y anárquico. Pero a partir de 1860 la situación se
estabiliza y por fin, con la construcción del ferrocarril, empieza la
colonización de una de las regiones más fértiles del mundo. La inversión que se
realizó fue multimillonaria y fueron compañías inglesas e inversionistas
ingleses los que las hicieron. Toda la red ferroviaria convergía en Buenos
Aires y su puerto, y el principal destino de los barcos era Gran Bretaña. El
desarrollo económico de Argentina se debe, esencialmente, a la iniciativa de
los ingleses. No fue Argentina quien llamó a Gran Bretaña, sino Gran Bretaña
quien se abrió camino en Argentina. Esto es un hecho decisivo y que explica la
historia posterior, porque, al desaparecer los intereses británicos en el país,
este se quedó sin su principal fuerza motriz. Primero entró en crisis Gran
Bretaña y su comercio y luego, como consecuencia de ello, Argentina.
En efecto, con el “crack” de 1929 empiezan los problemas para Argentina, que
empezó a encontrar dificultades para colocar sus exportaciones en el mundo. La
crisis del 29, que duró hasta la Segunda Guerra Mundial, fue una crisis
financiera y mundial y todavía hoy no se ha podido explicar bien a qué se debió
y por qué no se pudo superar. Porque de hecho, el mundo nunca se recuperó de
ella. Tanto Estados Unidos como Gran Bretaña nunca salieron definitivamente de
la crisis. Cuando estalló la guerra, en 1939, ambos países estaban en un
proceso de lenta recuperación económica y después de la guerra, en 1945, el
mundo era ya completamente diferente.
Durante los años treinta la rentabilidad de las inversiones inglesas en
Argentina disminuyó notablemente. No obstante, ambos países consiguieron llegar
a varios acuerdos para continuar satisfactoriamente sus relaciones comerciales.
Pero en la década siguiente la situación se complicó. Estados Unidos entró en
escena y se formó el famoso triángulo “anglo-argentino-norteamericano” del que
tanto han escrito los historiadores argentinos. Hay que tener en cuenta que
Argentina en aquella época era un país importante en el mundo, aunque no
políticamente, sí económicamente, ya que era uno de los principales proveedores
de alimentos (el 40% de las importaciones de carne del Reino Unido venían de
Argentina) en un momento en que éstos escaseaban debido a la Segunda Guerra
Mundial. En líneas generales, los historiadores argentinos han considerado a
Gran Bretaña como amigo, y a Estados Unidos como enemigo, consideración que,
vista la documentación disponible, parece estar bien fundamentada. Porque Gran Bretaña
intentó seguir abasteciéndose de Argentina, pero su debilidad financiera, que
lo hacía depender de Estados Unidos, le impidió negociar libremente. Y es que
Estados Unidos tenía planes muy diferentes, no sólo para Gran Bretaña, sino
para toda el mundo. Había elaborado el Plan Marshall dentro del cual Argentina
no tenía ningún papel, sino que al contrario, era un incordio. En efecto,
durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue
restringiendo las exportaciones argentinas a Europa Occidental. Así a
principios de los años cincuenta los ingresos que obtenía Argentina por sus
exportaciones habían disminuido notablemente.
Pero atribuir a Estados Unidos ser el causante del deterioro económico de
Argentina es una exageración y un mito. El nuevo orden mundial fue nuevo para
todo el mundo. Argentina podría haberse adaptado a las nuevas circunstancias,
como de hecho hizo Australia, país cuyas características geográficas y
económicas son muy similares.
No hay ninguna certeza de que la causa del estancamiento económico de Argentina
esté en la política exterior de Estados Unidos, en el Plan Marshall, en el
nuevo orden mundial o en Juan Domingo Perón. Tampoco hay certeza de que esté en
los propios argentinos, quienes, muchas veces, se echan la culpa a sí mismos.
De lo que sí hay certeza es de que el país fue próspero mientras formó parte de
la expansión económica de Gran Bretaña del siglo XIX y primeras décadas del
siglo XX.