Yo he pensado mucho sobre las dos Guerras Mundiales; sobre sus causas, sus consecuencias y su significado histórico. Me he preguntado muchas veces por qué sucedió todo aquello; cómo se llegó a la ruptura de hostilidades; qué pensaban los políticos en aquellos momentos; qué sentía el ciudadano medio antes, durante y después de la contienda...
Pero sobre todo, he intentado encontrar las verdaderas causas que las originaron. Y es que las dos Guerras Mundiales fueron una tragedia y una ruptura sin precedentes. Y además, fue una lástima. Alemania en 1914 era un país próspero, con una alta tasa de natalidad y un desarrollo tecnológico asombroso, tal vez el mayor del mundo, si bien el gigante americano todavía no había mostrado al mundo su enorme potencial industrial.
Sobre las causas de las guerras mundiales hay varías teorías. En un extremo tenemos a aquellos que dicen que las dos Guerras no son más que el resultado de decisiones equivocadas o torpes de los políticos del momento; para éstos las causas son muy simples. En el otro extremo tenemos a aquellos que sostienen que las dos Guerras fueron la consecuencia lógica de todo un proceso histórico: para éstos las causas son profundas y complejas.
Me inclino por la segunda tesis. Y además, no sólo las causas han sido profundas y complejas sino también las consecuencias. El mundo resultante de la Segunda Guerra Mundial era muy diferente al de 1914. Ya durante la contienda se intuía que esto sería así. El mismo Hitler comentó a uno de sus colaboradores: “No nos rendiremos jamás. Y si perdemos la guerra arrastraremos a todo un mundo con nosotros”.
Algunos opinan que entre las diferentes causas son las económicas las más importantes; otros, que la exagerada idealización del concepto de Estado-Nación; otros, que la aparición de los totalitarismos; otros, que el antropocentrismo imperante que se instaló en Europa desde el Renacimiento. “El siglo XX ha pagado el pato de los últimos cinco siglos”, comentaba un defensor de esta tesis. Así pues, no tengo duda de que las causas de las dos guerras son varias; y son complejas y profundas.
Sin embargo, en este momento, me gustaría centrarme en un aspecto concreto: en el de los contendientes. Quiénes son, qué papel desarrollaron, quiénes son los importantes y quiénes son los secundarios. Porque es indudable que algunos países beligerantes jugaron un papel muy secundario. Tal es el caso de Finlandia en la Segunda Guerra Mundial: estaba del bando del Eje, no por afinidad con Alemania, sino porque tenía un enemigo común, que era la Unión Soviética. Y si seguimos destilando los bandos nos encontramos finalmente con que los principales contendientes en ambas guerras son, por un lado Alemania, y por otro sus vecinos Rusia, Francia y Gran Bretaña respaldados estos dos últimos por Estados Unidos. Ni siquiera Japón en la Segunda Guerra Mundial era un elemento esencial del bando del Eje. Japón entró en la guerra, aprovechándose de ella, por así decir, para defender sus intereses en el Lejano Oriente. Y cuando entró en la guerra en diciembre de 1941 ya había una situación de “jaque” entre Alemania y el resto de las potencias Occidentales, incluyendo a Estados Unidos. Así pues, me atrevería a afirmar que, desde el punto de vista de quiénes eran los contendientes, las dos Guerras Mundiales fueron esencialmente entre Alemania y el resto del mundo.
La rivalidad colonial entre Alemania, Francia y Gran Bretaña; la rivalidad económica entre Alemania y Gran Bretaña en el comercio internacional; o el ansia de revancha de Francia por la guerra franco-prusiana, no explican de por sí la relación tan conflictiva que había entre Alemania y sus vecinos. En la Historia Moderna los países de Europa siempre han tenido reyertas, y casi siempre se han formado dos bandos, uno formado por uno o unos pocos más fuertes que el resto, los cuales, han formado el otro bando, denominado muchas veces el de los “Aliados”, unidos por intereses comunes más que por ideales comunes. Y una vez terminada la contienda, había un tratado de paz en el que los vencedores sacaban una ventaja. Así, la guerra muchas veces era un movimiento táctico para lograr un fin muy bien definido, y los contendientes se intercambiaban de bando con asombrosa facilidad.
Las dos guerras mundiales presentan rasgos diferentes. Porque si bien en la Primera Guerra Mundial los contendientes vislumbraban ventajas que podrían conseguir en caso de victoria, dichas ventajas no eran en absoluto el principal móvil. Obtener colonias en ultramar no era el principal móvil de Alemania, ni de ningún otro. Francia y Gran Bretaña llevaban siglos disputándose colonias, pero nunca se les pasó por la cabeza en serio enfrentarse el uno contra el otro en una guerra de las características de la Primera Guerra Mundial. El móvil de la guerra fue algo más genérico y difuso. Cuando en 1914 desfilaron las tropas alemanas para ir al frente, el Káiser pronunció un discurso y entre otras cosas dijo: “las otras potencias no reconocen nuestro trabajo y nuestro progreso”. Estas palabras denotan, sin duda alguna, una protesta, una queja. Y denotan también que Alemania, en cuanto potencia, estaba en una relación conflictiva con sus vecinos. Cuarenta años antes el canciller Bismarck afirmó que Alemania, al estar en medio de Europa, tenía que evitar a toda costa que los demás organizaran una coalición entre ellos y la rodearan; ese era –decía Bismarck- el “destino fatal de Alemania”.
Tener como principal objetivo evitar que los vecinos formen una coalición en contra de uno, ¡Claro que es un destino fatal! La cuestión es por qué ése era el objetivo principal. ¿No podría haber sido otro? ¿Es que acaso no hay más países que tienen vecinos en varios lados, y no por ello tienen como principal objetivo evitar que formen una coalición en su contra? Bismarck veía muy bien la realidad y sabía de las posibilidades y limitaciones de Alemania y de sus vecinos. La cuestión aquí es que Alemania, ya antes de su unificación, estaba en una relación conflictiva con el resto de Europa. No acababa de insertarse en el “concierto mundial”. Y más que un instrumento que luchaba por conseguir un lugar predominante en la orquesta, parecía un instrumento disconforme con toda la orquesta; un instrumento que tenía otro ideal de orquesta aunque no había manifestado cuál era.
Y todo esto, ¿Por qué?
Alemania como unidad política se constituye en 1871. En la guerra franco-prusiana, junto con el ejército prusiano lucharon los demás ducados y reinos alemanes. Quien dirigió la guerra fue Prusia, y quién dirigía Prusia era Bismarck, que es considerado el artífice de la unificación alemana.
Con la unificación, Prusia dejó de existir formalmente como reino independiente. Sin embargo en la realidad siguió existiendo y dirigiendo los destinos de Alemania. Hasta 1918 lo hizo de una forma ostensible: el rey de Prusia era el Káiser del Imperio Alemán. Después de la Primera Guerra Mundial no cambió la estructura del país en su esencia; el ejército alemán siguió teniendo al ejército prusiano como su columna vertebral, que de hecho, apoyo al Partido Nazi en momentos decisivos. Los intentos de golpe para derrocar a Hitler –el más famoso de los cuales fue el del 20 de julio de 1944 dirigido por von Stauffenberg- fueron realizados siempre por hombres del ejército prusiano.
Así pues, fue Prusia quien dirigió aquel Imperio. Desde principios del siglo XIX, después de la era napoleónica, se vislumbraban dos posibilidades para la unión de los alemanes. Una de ellas era en torno a Prusia (Kleindeutschland), la otra en torno a Austria (Grossdeutschland). Se impuso la primera posibilidad; de haberse impuesto la segunda, muy distinta habría la Historia de Alemania y la de toda Europa.
Es curioso lo importante que es para los alemanes el concepto de Europa y el concepto de Europa Central, que ellos llaman Mittleeuropa. También es curioso la conciencia de europeos que tienen los alemanes de hoy y el importante papel que ha jugado Alemania en la Unión Europea desde el principio. Y es que el alemán occidental no es representativo de aquel Imperio Alemán cuya alma estaba en el estado prusiano.
Prusia empieza a existir en la Edad Media con la Orden Teutónica. La ciudad de Königsberg –donde nació Kant- fue fundada en el siglo XIII. Su origen y su posterior desarrollo socioeconómico fue diferente al del resto de Alemania. En la paz de Westfalia en 1648 incorpora Pomerania Oriental y empieza su expansión por el resto de Alemania. Con una organización impecable y un ejército siempre a disposición, Prusia se movilizaba con mucha más rapidez que los otros estados. Y es que Prusia era muy peculiar. Voltaire dijo de Prusia: no es un país con un ejército sino un ejército con un país. El siglo XIX fue decisivo. Bismarck consiguió ver con asombrosa nitidez la situación global de toda Europa y consiguió ensamblar aquel imperio bajo el mando incuestionable de Prusia.
Es Prusia quien se sale de la orquesta. Y es que Prusia, de hecho, nunca formó parte de la “Europa de siempre”, si se puede mencionar el concepto. Así como Francia, Austria, Gran Bretaña o España, con todas sus disputas, sus guerras dinásticas y sus rivalidades imperiales, forman una serie de potencias que tienen mucho en común, un nuevo país nace en la lejanía del Báltico que, sorprendentemente, fue extendiendo su dominio por Alemania hasta conseguir formar un Imperio bajo su mando. Los orígenes de Prusia están en la expansión de los miembros de la Orden Teutónica: alemanes hijos segundones que buscaban nuevos horizontes económicos. Durante la Reforma Prusia se adhirió inmediatamente al protestantismo. Un historiador británico dice que los pueblos bálticos, entre ellos Prusia, fueron cristianizados sólo superficialmente, de ahí que hayan adoptado con tanta facilidad nuevos ídolos paganos.
En 1945 Prusia desaparece por completo. El “miedo a Alemania”, en realidad, ya no tiene razón de ser.